11.2.12

Fragmentaciones

Hace tiempo pero no puedo escuchar mis pensamientos. Me preocupa ya no ser yo mismo. Una cara bajo muchas otras que ser. Esperar que al final uno de esos tiempos sea verdad, una de esas versiones de mi mismo tenga sentido, tienda a la congruencia de lo continuo en ese intento por ser una persona. La unidad ya no es posible, no hay axioma tan de asociación libre. La unidad ya no es posible, mis fragmentos también se fragmentan, mis ojos empolvan mis mejillas. Si me desintegro un poco más podré llamarme de otra forma, cambiar mis identidades móviles, caras en páginas, anuarios de extranjería certificada. Prefiero tu sexo impuesto por la circunstancia del abandono propio. Qué superlativo aplicarás a mi cuerpo en extremo fragmentado, a mis ojos desusados que no quieren verte en tantas noches. Qué palabras intentarás disfrazar para endulzar la píldora que tendré que tomarme mañana. Explicar cuándo. Si lloro ya no seré otro. Todas mis posibilidades volverán a mí y perderé los últimos bastiones. Ya no seré, ya no podré creer en sueños o ebriedad. Escribir nunca fue fácil. Si me detengo los abismos se abren mediocres infinitesimales. Si me muriera a tu lado qué opinaría el que pasea los perros en el barrio. Tendría más incidencia que la ausencia de un apodo cariñoso, quizás el de una abuela recientemente fallecida. 

Guardo los eufemismos para la vida diaria. Esa es una parte pequeña de mis muchas vidas. Me quebré unas ene veces. Si vuelvo a mirar sobre mis pasos veré los fragmentos que ya nadie podría adjudicarme, que con esfuerzos como opera prima yo mismo reconocería, fama, esperanza mediante. 

Quien llegó al final de un solo paso, quien es tan idiota que carreras tan cortas, inútiles de correr, recorrer, emprender, concebir, predecir, ensoñar, reprimir, dirimir, huir. 

Hacía tiempo que no podía escribir, dejar que este fragmento compulsivo se manifestara. 

*  *  * 

Creo que nuestra relación tuvo algo de sofisticado. No tuvo la pasión de un romance francés o de una escapada americana. Yo no fui muy buen poeta, ni amante. Creo que toda esa alcurnia recayó en ti, no me desentiendo, sin mí no hubiera llevado ese nombre, pasado de un rato entretenido entre dos personas que no entienden un mapa o el menú de un restaurant que no pueden pagar. 

Nunca -porqué una palabra pesa así- entendí cuándo te fuiste. Las razones están en todos lados, que las escribieras fue deferencia innecesaria. El cuándo, se me escapa. ¿Qué quiero decir? Me gusta volver a tu pinta de francesita, boina cada tanto, las sonrisas entre pasteries insólitamente a tiempo. Si escribo sobre ti y contamino el recuerdo y sos varias veces otra, como si manosearan tu cuerpo y fuera un pasamanos de mujeres que se envolvieran en tu piel con forma de tinta. De repente también sos un fragmento, una parte de una equivocación, no tú, sino el desmembrar, y quiero fijarte de nuevo, recuperar tu contorno que le prestaste a otras cada vez que las conocí y te añoraba. 

Pocos piropos pueden ser tan ofensivos.

10.2.12

Tiritaron los huesos a la primera campanada. A la segunda todo su esqueleto se contrajo y a la tercera su piel se encogió desapareciendo todo pliegue posible. Entre la cuarta y la quinta su pelo y sus uñas se desprendieron como si ya no tuvieran fuerzas para sostenerse. A medida que el sonido se acumulaba y la sexta se desencadenaba sus ojos perdieron el color y quedaron todos de ciegos, glaucos. Las siguientes matizaron el final de su rostro como era conocido, las cuencas de los ojos se cerraron, y entre los dientes que caían desmenuzados la mandíbula crecía como un bulto hacia adentro. La nariz iba hundiéndose casi como simple efecto de una renovada gravedad. A las doce no era más que un gran ovalo de piel sin arrugas que se balanceaba con suavidad sobre la mesa.  Había nacido.

9.2.12

Esmerarse más

Sentábamos en el pasillo, frente a la puerta de entrada. Mamá miraba la pared todavía con la misma cara de una hora atrás cuando salimos a escuchar sobre papá que movía apenas el pie desde una rendija de la puerta entornada. 

Quise pensar que podía ayudar a papá. Que podía ceñirme una espada y correr adonde un hombre de bata blanca me hiciera chiquita para que papá me tragara en la sopa. Adentro me aliaría a los glóbulos blancos que tendrían nombres divertidos y vestirían como caballeros. Me explicarían que algo estaba mal, muy mal, y que necesitaban mi ayuda. Partiría en una búsqueda rara, a lo profundo de papá, viviendo aventuras y peligros, siempre segura de que si lo intentaba con suficiente fuerza finalmente lo lograría: el se pondría bien y cumpliría su promesa. 

Pensaba cada tramo con esmero, segura de que si olvidaba algo, el más mínimo detalle, todo habría sido para nada, papá seguiría igual. Elegía con cuidado mis compañeros de aventura, daba fuerzas a los obstáculos, sabiendo que cuanto más fuertes y difíciles, una vez vencidos, papá estaría mejor, más cerca de curarse. El jefe enemigo sería el más grande y más feo y más fuerte, pero yo ya tendría mi arma secreta. Un largo asedio para luego dos golpes y caería derrotado. “Tenés que irte” dijo mamá escapando de la pared que parecía haberla hipnotizado. 

Cuando pasé la puerta sonó el celular. Estaban los resultados. Me faltaban dos materias para recibirme.

8.2.12

Llueve encausadamente, creo que puedo morir. No pretendo la insensatez de completar la Historia antes de irme a acostar esta noche. Las grandes obras requieren su tiempo y apurarlas es más deshonroso que dejarlas truncas. Vale más el presentimiento de lo glorioso que la comprobación de lo mediocre. Digo morir porque es lo que seguramente suceda cuando me duerma, cuando esté dormido. La Historia eventualmente lo contaría, como está destinada a hacerlo con todo, pero aún no he llegado a ese punto por lo cual las circunstancias permanecen ocultas, no escritas. 

Puedo si hablar del 1400, los años de Juana y las atrocidades cometidas contra su cuerpo antes de la pira. No tiene importancia, el afrancesamiento del público ha entrado en recesión. De todas maneras esa parte ya está escrita y cualquiera podría consultarla. Es lo de ahora, diez o quince años a este tiempo, lo que falta escribir. Calculo que serán unas siete u ocho semanas de trabajo sin detenerme como hasta ahora. No entiendo por qué de repente tengo ganas de dormir. El sueño me había dejado en paz, sin necesidad de píldoras o esas cosas. No sería cierto decir que no había dormido en los últimos años, pero la mentira mayor sería decir que me había detenido en mi trabajo. Podía dormir y trabajar al mismo tiempo, copiar del registro poroso de mi memoria al papel, como un autómata, como si fuera una tarea que no requiriera la vigilancia alerta de un alma. 
 Entonces no es el sueño en si mismo, sino la tentación de acostarme lo que no es normal. 

La última vez que me acosté fue hace siete u ocho años, la madrugada del 15 de mayo. Las columnas revueltas de apariencia griega sobre las que escribía comenzaban a tornearse en mi mente. Era un cansancio diferente a los anteriores, sentía el peso en la piel, como pequeñas plomadas que subían y bajaban sin violencia, pero entorpecían los movimientos de lo que contaba. Las batalla, Leonidas y después Termópilas estaban tomando demasiado, incluso algunas muertes quedaban erradas. El contrato era de una claridad que asustaba, podía tomarme todo el tiempo que quisiera –era en mi interés apurarme– pero nunca podía volver atrás, corregir nada. Lo sabría todo, todo, pero habría una inmanente posibilidad de cambio en mi plasmar en las hojas que se iban apilando. 

Al principio me levantaba cada tanto a buscar café, más por la compañía que por la cafeína, ya lo he explicado. El cuarto estaba siempre mal iluminado sin importar la hora y en algunos momentos sé que escribía a oscuras más lleno de fe que de certeza en lo que hacía. Era algo absolutamente mecánico, intuitivo al extremo y tan fugaz que se volvía adrenalínico, intoxicante. Las primeras semanas pensé que me volvería loco, tal era el ritmo que debía mantener. Saltaba los siglos con una agilidad que ningún hombre podría soñar, yo mismo dudaba serlo en los cambios de hoja, el único respiro que encontraba. Lo primero en volverse intrascendente fue la muerte, obviamente seguida por la guerra. No era por su frecuencia o rareza, sino por una condición de constancia, de irreparable falla. Algunas las provoqué yo, equivocaciones, distracciones de cuando aún pensaba en el incorpóreo afuera, cuando todavía abría los ojos. Esos errores por mi parte no ayudaban a mi creciente indiferencia. Se desarrollaba en mí la seguridad que para realizar mi tarea tenía que dejar de estar ahí, desvanecerme hacia los pasados que contaba. 

Recordaba que era un cuarto de hotel, una mesa con dos cajones y lámparas que se habían quemado en algún momento, de ahí la subsiguiente oscuridad constante. Penumbra sin importar la hora. Las equivocaciones se hicieron menos frecuentes a medida que fui agarrando práctica, dominando mi apatía y canalizándola hacia la tarea. En ese entonces todavía creía recordar correctamente el contrato, y la promesa de un final no era la personificación de una leyenda barata. El que los errores disminuyeran no hizo menos notorios los que de todas formas cometía. Las paredes parecían las receptoras, las que sufrían mi negligencia. De a momentos se volvían doradas, un brillo que dolía, una suntuosidad y un lujo que uno no podía imaginar ni en los más exclusivos palacios. En esos instantes las lámparas se derretían en luminarias con diamantes incrustados que solo dificultaban la tarea con su brillo inconsistente, caprichoso y desalentador por tan solo aparentar los barrotes dorados de mi jaula. No sabía apreciar aquellos cambios, las manifestaciones de lo que no consideraba aún un poder. Inconcientemente lo habré cambiado, porque las paredes empezaron a volverse más oscuras, las láminas doradas empezaron a caer al piso y a desmenuzarse en una arenilla que se metía en los zapatos que parecían no envejecer. Después el piso empezó a emitir un sólido olor a moho, y las paredes tomaron el color correspondiente, adentrándose las grietas que las láminas habían dejado. En algún momento un pedazo del techo cayó a un lado y creí que me asustaba, pude escapar lo suficiente para llegar a la posibilidad de contemplar mi muerte antes de terminar la tarea. Las luces alternaban su fisonomía al mismo ritmo que el resto del mobiliario, pero algo en ellas me hacía pensar que el cambio era inmotivado, que podrían haber permanecido inalteradas de así desearlo. Al menos hasta que se quemaron y empezó la penumbra, ya no sé cuándo.

Dije que puedo morir, luego dormir. Conté algo del pacto diseñado para mi conveniencia. Expliqué algunos detalles menores de mi prisión en esta estancia y sin dudas di suficientes pistas para que alguien que lea esto pueda encontrarme y rescatarme. Peor, aún no puedo deshacerme de lo que tengo delante, la pila de hojas mágicamente disueltas en unas pocas, desentendiéndose de su propio alto, de su densidad, compactándose en apenas una veintena de folios a los que no creo posible haberles dedicado los años de mi vida. Los mejores, los peores, todos los que he tenido desde que me sometí a llevar a cabo esta misión.

7.2.12

Pulso contra pulso

Letra de diario, sin picos ni nada. 

Todo se puede resumir en las ganas de avanzar o retroceder. Las manos sobre la piel tersa, los dedos hundidos en los huecos de un cuello sin nombre. El encuentro de vena y pulgar, cada uno con su propio palpitar. Cuando uno muere el otro comienza, uno y uno, acordes, contiguos, uno y uno, como ecos recíprocos. Pulsos que pulsan pulsos que pulsan pulsos, el mió y el suyo, mi pulso, su pulso, mi pulso, su pulso, mío, suyo, mío, suyo, mío, mío... mío...

6.2.12

Lema

Lema es el nombre de mi araña mascota. Lema es de una especie muy rara. Sus patas son velludas y es de un color marrón claro con diminutas pintitas negras sobre el lomo. Su cuerpo debe de tener más o menos el mismo largo que mi pulgar. Puede ser que no haya nada de extraño en tener una araña mascota, pero puede ser que si lo haya si cuento que Lema es supervenenosa.

Su mordida, porque las arañas no pican sino muerden con sus dientes por donde segregan su veneno, puede matar a un animal pequeño, y en repetidas veces a un humano adulto. Su antiguo dueño me la entrego en el lecho de muerte luego de un accidente. “Toma, me dijo, cuida a Lema. Le caes bien, estoy seguro que se portará bien y te hará caso.” Yo ya conocía a Lema y la forma que debía tratarla. Al llegar a casa ese día la lleve hasta una pecera vacía de los antiguos dueños de la casa, y con mucho cuidado la solté dentro. Lo usual es decorar este tipo de prisiones con ramas piedritas y otras cosas, pero el antiguo dueño de Lema me había explicado que esta especie prefiere los lugares vacíos. Por una deformación en la vista, una especie de astigmatismo avanzado dijo él, pueden percibir el vidrio y verlo como una pared semitransparente, por tanto nunca le iba a pasar como a los pájaros que se dan miles de veces la cabeza contra un vidrio muy limpio tratando de atravesar lo que les parece vacío. Algo realmente muy raro de lo que nunca había escuchado.

Guardé el frasquito de boca ancha en que Lema usualmente viajaba y me dediqué a observarla. No quise tapar la pecera por miedo a que se ahogara, aparte de que según tenía entendido Lema nunca se escapaba. Para almorzar le llevé algunas de las moscas de la reserva que había encontrado junto a su frasco. Después de que se alimentara, lo cual tomó algunas horas, decidí probar una de las cosas que más me habían fascinado cuando recién conocí a Lema. Buscando en algunos cajones encontré un viejo guante de goma y me lo puse. Nervioso aunque bastante seguro de lo que hacía metí mi mano en la pecera y la baje lentamente. Lema me observaba atenta, se acerco un poco y luego retrocedió. Una de sus patas se estiro hasta casi tocar la superficie del guante. Silbé muy bajo, tanto como pude, y pareció que ella entendió porque ante mi alegría ella se acostó lentamente sobre su lomo, dejando su peluda panza hacia arriba, entre las pataditas de sus ocho extremidades. La similitud inasimilable con un cachorrito nunca dejó de asombrarme. Muy lentamente y con absoluto cuidado acaricié una, dos veces su panza. En el juego ella se tendió un poco hacia delante y trató de morderme inocentemente.

Los dientes atravesaron apenas el guante y sentí el levísimo dolor que enseguida se apagó. Parte del veneno consta de una especie de anestesia para que la victima no pueda estar segura de dónde fue, o incluso si realmente sucedió, la mordida. Rápido saqué la mano de la pecera y del guante y traté de ver cuan grave había sido. Apenas dos minúsculas pintitas de sangre se podían ver en mi dedo, tan pequeñas que se confundían. Enseguida sentí un mareo, y la sensación febril. El dueño de Lema me había contado sobre esto también. En realidad era muy fácil, si en seis minutos mi dedo no quedaba negro y sin vida entonces sobreviviría. El tipo de veneno de Lema era tan especial como eso y no existía más que un antídoto conocido: suerte. Puede parecer muy dramático lo que cuento, y la tranquilidad con la que me senté a esperar los seis minutos, pero en ese entonces era apenas un chico y la muerte, si bien atemorizante, no parecía una realidad posible. Lema, de alguna manera, se dio cuenta que había hecho algo que no debía y se acerco un poco al vidrio y comenzó a refregarse lastimeramente en lo que resultó el pedir perdón más conmovedor que he conocido.

A los dos minutos, reloj en mano, me desmayé. Al día siguiente me desperté empapado en sudor, con un dolor de cabeza que no tenía nombre pero vivo. Mi dedo tenía un color casi rojo pero podía moverlo sin casi esfuerzo. Doce horas después estaba vivo.

Lema entretanto había hecho su primera telaraña en su nueva casa. Estuve triste un rato por haberme perdido ese hecho pero pronto el asombro ante la complejidad y hermosura de la obra de Lema me distrajeron.


*  *  *

Ha pasado un año y tengo buenas noticias: Lema a dado a luz a muchas crías. Desde la última vez que les conté mucho ha sucedido. Lema se escapó algunas veces. La última mordió al tonto del cachorro del vecino que murió. Digo tonto porque ya conocía a Lema pero parece que no la reconoció y la atacó, Lema rápida como solo ella puede serlo se trepó a su cuello y le dio varias mordidas. El pobre cachorro nunca tuvo una oportunidad. A partir de eso tuve que empezar a usar la tapa de la pecera. Sé que Lema no lastimaría nadie pero me obligaron a hacerlo. Cada tanto Lema se acercaba al borde y sacaba una de sus patitas, era su manera de saludarme. Luego se metía de nuevo hacia adentro a trabajar en su tela. Como la pecera casi siempre está cerrada ahora he tenido que volver a alimentar a Lema con moscas que cazó de distintos lugares. Antes era mejor para ella, ya que al estar abierto las moscas y mosquitos se metían y quedaban atrapados en la tela. Me imagino que le gustaba más ser ella la que se proporcionaba su propia comida. Es que es un poco orgullosa Lema.

Como contaba Lema ha dado a luz a un millón de arañitas (puede que sean menos pero es casi imposible contarlas mientras se mueven rapidísimo). No entiendo como Lema se ha podido embarazar si no debería haber ningún araño como ella en el país, ya no digamos en la ciudad. Igual estoy muy contento por Lema. Las arañitas se le parecen aunque tienen un color mucho más oscuro, seguramente sea porque son recién nacidas. Lema parece cansada y se queda en su rincón preferido, no es para menos, menuda cantidad de arañitas que han salido, aún siendo de huevos si que debe de ser trabajo cuidarlas. Ya sé. Hoy le daré una de sus moscas favoritas.


*  *  *

Estoy asustado. Por primera vez desde que Lema entró a casa estoy realmente asustado. No es ella, no, ahora apenas se mueve, aunque mantiene el cariño de siempre. Son sus crías las que me preocupan. Hace unos días estaba alimentándolas usando el guante reforzado especialmente cuando comenzaron a treparme por los dedos y a subir por la manga. Pegué un grito y tiré el guante con miedo, que cayó dentro de la pecera. En menos de un instante miles de arañitas lo habían tomado, imposible recuperarlo. No se que hacer, además estoy seguro que la forma de trepar de las arañitas no era la misma que la de Lema, fue como si buscaran llegar hasta lo más profundo de mí, como si, de poder, me quisieran matar. No entiendo como pueden ser hijas de Lema, no lo entiendo.

*  *  * 

Hoy mi miedo ha aumentado. He descubierto algunas arañitas escapando de la pecera. Han usado las telas de Lema para subir, ya que ellas aún son muy jóvenes para tejer, y se han deslizado por la abertura del vidrio. De casualidad las he visto y no he sabido que hacer. Al final, con una enorme lástima las aplaste cuando ya llegaban en su carrera loca al borde de la mesa. Puedo jurar que la colonia de arañitas se ha inquietado mucho con esto, sus vueltas se han multiplicado y también la velocidad. Algunas incluso han comenzado a trepar, casi furiosas diría. He corrido a la cocina y con pegamento he repasado los bordes del vidrío sellando tan bien como he podido las aberturas. Vigilante esperé a que secara viendo como las más atrevidas quedaban detenidas en el pegamento y de a poco se convertían en parte del muro. Las otras retrocedieron finalmente, luego de comprobar varias veces qué era aquella nueva barrera. He logrado contenerlas pero Lema sigue dentro.


*  *  *

Hoy, mientras limpiaba, he encontrado el secreto del origen de las crías de Lema. Una araña negra, del tamaño más o menos de Lema, muerta. Mirándola bien parecía una versión más grande de las arañitas que daban vueltas en la pecera. Fijándome mucho en sus rasgos la busqué en los libros sobre arañas que me había comprado y pocas veces había abierto en una pagina que no fuera la que tenía fotos de la especie de Lema. Era una especie poco habitual, igual que la de Lema, con sólo un nombre muy complicado de esos largos y llenos de emes, eres y eses todas juntas, que no entendí. Lo que si entendí era que esa especie sustituía los huevos de otras arañas, durante el sueños de estas, con los propios. Había escuchado sobre animales que hacían lo mismo, como pájaros por ejemplo, pero nunca pensé en que también las arañas tuvieran su equivalente. Leí que también la madre verdadera al plantar sus huevos esparcía un particular veneno que poco a poco acababa con las fuerzas de la madre sustituta. Así que eso era lo que le pasaba a Lema. Por eso ya no se movía. Apenas una de sus patitas dejaba saber que todavía estaba viva... También en este libro me enteré del secreto de la sobrevivencia de las arañitas sin alimento, pues, desde el apurado sellar de la tapa, no había vuelto a meter nada comestible para ellas, o para Lema, dentro.

Al parecer el veneno paralizante de la verdadera madre cumplía dos funciones: por un lado evitar que la madre sustituta, dándose cuenta del engaño, la emprendiera contra las crías, y segundo, lo más terrible, para que las pequeñas, a falta de otra cosa, se pudieran alimentar de ella. El asco me obligó a soltar el libro y una mirada de odio sin nombre arrebató mis ojos y mi mente. Se estaban comiendo a Lema. Mirando con mucha atención me di cuenta del estratagema que usaban para que yo no me hubiera dado cuenta hasta ahora. Mientras que las demás corrían de un lado al otro y trepaban a lo alto de las telas de Lema, sólo un pequeño grupo, minúsculo en comparación, se dirigía hacia el rincón donde ella estaba. Allí permanecían un rato largo, casi escondidas entre el pelaje de Lema, moviéndose apenas, ahora lo sabía, alimentándose de su cuerpo. De nuevo ese asco, esa nausea, ese miedo. Ese miedo.
 

*  *  *

Tengo la decisión tomada. Si algo me detiene es el hecho de que Lema aún viva. Lo demás está pronto. El fumigador está cargado con el veneno y solo unas pocas vueltas y el fuelle comenzará a soltar el vapor verdoso. Las arañas han comenzado una nueva rutina, tal vez presintiendo lo inminente. Ya no tratan de disimular el estar ingiriendo viva a su supuesta madre y son miles a un tiempo las arañas que ya han crecido un poco que se pasean sin miramientos por el cuerpo de Lema. Hay horas a las que es difícil saber si aún está ahí o no, tapada por las oleadas de patas y cuerpos. El resto, es decir las que antes disimulaban para distraerme, ahora trabajan solo descansando para ir a comer un pedazo de Lema, trabajan royendo lentamente, de alguna manera, con sus dientes, con sus patas, el pegamento de los bordes. Es un trabajo de hormiga pero ellas son suficientes para lograrlo. Lema nunca lo habría intentado, y aún si lo hubiera hecho siempre hubiera muerto lejos de lograrlo. Con ellas era diferente, me aterraba la perspectiva de los miles de arañas de repente sueltas por todos lados, sin limites ni miedos, una noche sin aviso, rebuscando entre mi cadáver envenenado por los miles de mordidas, un sueño al otro, una pesadilla que me atormentaba en las noches. Una pesadilla que me hacía levantar y encender la luz y vigilar el progreso de la obra de los bichos que ya ni disimulaban al verme frente a ellas, sino que más bien parecían renovar su ahínco, como si la vista del enemigo, del carcelero, las revitalizará. Esas noches no podía dejar de pensar, Lema: su patita que se mueve es lo único que me detiene, lo único.

*  *  *

Con tristeza admito que hoy ha sido mi último desengaño. Lema está muerta. Su patita aún se mueve pero ya puedo decir que está muerta. También que así lo ha estado desde por lo menos varios días si es que no semanas. Ya se pueden ver las arañitas crecidas que seguramente han estado mordiendo desde hace mucho tiempo la patita de Lema, produciendo ese vaivén pesadamente sombrío que confundí mucho tiempo con vida. Siempre me habitará la duda de si fue simple coincidencia que yo viera vida en la señal más clara de la desgracia y la muerte de Lema o si todo fue parte del juego macabro de esos seres. En todo caso todo termina hoy. Ahora. Con un estilete rompo un poco la fina capa de pegamento que queda por el lugar donde ahora no hay ninguno de ellos trabajando e introduzco veloz la punta del cañito, antes de darles tiempo a nada. Dos vueltas o tres y el vapor comienza a inundar la pecera. En un ultimo intento trepan al borde y buscan la fuente del vapor. Algunas incluso llegan al tubo y se meten en él. Avanzan hasta casi la mitad antes de caer muertas, hechas pequeños puntos que se balancean apenas. Hasta el final parecieron listas para salir, para invadirlo todo. Las que aún comían, inmutables ante el humo que las envolvía, cayeron al fin, seguramente sin nunca saciarse y supe, en lo profundo, que Lema finalmente podría descansar.

5.2.12

Entre vos y yo

Estamos frente a frente, rodeados por un grupo grande de curiosos. De fondo suena la música, fuerte: Piña va, piña viene, los muchachos se entretienen. Te suelto la primera piña llevándote al límite del improvisado ring, y, en un segundo cuando apenas estás enderezándote, te reviento bien al medio de la cara, sobre el cachete izquierdo. Te bamboleas indeciso pero volvés a ponerte derecho cuando va la primera patada recaliente al estomago. Ahí si que te caes un poco pero ya estás de vuelta. No te doy otro segundo y te agarro la cabeza y empiezan los rodillazos en equilibrio, uno, dos, tres, con mi cabeza casi contra la tuya como dos enamorados, y ahí, tan cerquita, te puteo bien puteado, mientras mi rodilla se hunde en tu pecho. Y no decís mierda- Sólo te volvés a levantar después de la golpiza, como si nada. En rápida sucesión por tu cara pasan las imágenes de gente de la que me acuerdo y odio. Salto y te doy una de esas patadas de karate, bien en la jeta con el arco del pie que siento se te hunde cuando pega y cuando sigue y te volvés a caer. Antes que te levantes te atrapo y siguen los piñazos, uno dos, uno dos en la cara. Por momentos es como si fuera a pasar para el otro lado en uno de los golpes pero en realidad no siento nada, los nudillos son insensibles, como si no fuera nada, como si no fueran nada, pero quiero verte el dolor en la cara como si fueras esa gente que me recordás, y es como si no lo sintieras, como si estuvieras ahí para que te reventara y que no te irías aunque mis nudillos estuvieran insensibles después de tanto darte como ahora. Sudo, grito, estoy sin aire. Y vos seguís igual, un poco más sucio, pero de pie, haciéndome frente como al principio, no sangras, no te agarras nada, ni siquiera sudas, hijo de mil. Sin tirarme una piña, una patada, nada, sin responder, sin importar lo que haga. Te puteo una última vez, se acaba. Hago que me voy, todavía no decís nada, me doy vuelta con furia y te suelto la última patada, de plano al pecho como si fueras una puerta trancada. Caes, y te levantas de nuevo. La gente aplaude. Ese es mi acto.
 

4.2.12

Alguna noche, hoy. Atrás se estampan pálidos los dedos apenas insensibles al frío dentro de guantes de lana negra y con bolitas. Imbécil, a preguntas me estás helando, me estás cansando. Bobo, boba, somos dos signos de ilusión y engaño. Me permitirás alguna vez preguntarte por tus sueños- Me dejarás saberte a salvo, sano, casado. Me dejarás huir a días sin sentido antes que nos conociéramos, y no pedirme cada vez que me acuerde de ti cuando llames a deshoras a pedirme perdón por no amarme a tiempo. ¿Tendrás el descaro de citar esta tarde amarga en que te habrás ido sin mediar palabra después de un beso desabrido? Lo tendrás como la mala idea de...