11.5.12

En base a nota

Ingente, el espacio se desproporciona a los usos que le damos. Las secuencias sin duda planificadas al extremo por los arquitectos de más modernas tecnologías que solo la regla T calibrable, es saturada y desmontada por la exageración de seres humanos brevemente cubiertos por lo mínimo que el decoro admite. Las muchachas, sentimentales al mirarse en espejos sin duda pensados en otro uso generan un bullicio difícil de ignorar, ruidoso hasta el extremo con sus cuerpos semidesnudos y las bolsas al hombro, elevadas de accesorio a vital parte de una indumentaria que podría dar vergüenza algunos años atrás o en otras geografías menos desesperadas por algún tipo de artículo de una sociedad de consumo como la nuestra. Consumir es existir, realizarse como ser humano, ciudadano y vertebrado. Consumir es la salvación del alma y del cuerpo. Consumir es ser participe de la celebración de las mujeres ahora desnudas cuando la tienda eleva sus estándares y recuerda las ganancias sobre la pretensión artística (arte en el sentido más complejo de la palabra). 

Entonces el lugar se convierte en un vacío. Las mujeres ya desnudas saltan unas sobre las otras al escuchar que solo entrarán cuatro más. La promesa de jinetes de un apocalipsis actualizado desmadra la situación. La muerte incierta pero seguida de los monstruos dudosamente atractivos en el acto de trenzarse por los pelos y saltar de un lado al otro. La intervención cansina y aletargante de los guardias que se ven arrastrados en el mar de cuerpos que los degluten y devuelven también mujeres que luchan por sobrevivir a la eternidad restante. La tienda cuando hace las evaluaciones, limpian los charcos de cuerpos con escoba y desinfectante, llega a la conclusión que no valió la pena. Las ventas fueron pocas.

21.3.12

Mamá amasa la masa. 
La masa está sosa.
Papá golpea la mesa.
Mamá llora.

2.3.12

Estoy inburrido. Distraigo la hora en la hastiante repetición de platillos. Los cubiertos saltan en la losa con retraso cada vez que aporreo la mesa en el ademán de levantarme sin razón, arreglarme la camisa o saludar a algún conglomerado levemente familiar. El tintineo se pierde entre las conversaciones y las aceitunas reacias a ser ensartadas. Las mesas son mapa y crónica de la ocasión, precisados en sus accidentes, promontorios de servilletas, cursos que sobre las mesas se estancan como en un paisaje al terminar en lagos, algunas veces antecedidos de cataratas en tela saturada. La fauna sutil deambula entre las cartografías y con sus patas renueva el recuento. Alarga los nombres de las bahías de tan primorosa caligrafía. Informa, reforma, descuenta el hallazgo de cierto arroyo o la simple planicie que llevaría el nombre de alguien olvidado. Al final filial el mapa se vuelve ejercicio de poligrafía o cartomancia. ¿Llega la hora de irse?

11.2.12

Fragmentaciones

Hace tiempo pero no puedo escuchar mis pensamientos. Me preocupa ya no ser yo mismo. Una cara bajo muchas otras que ser. Esperar que al final uno de esos tiempos sea verdad, una de esas versiones de mi mismo tenga sentido, tienda a la congruencia de lo continuo en ese intento por ser una persona. La unidad ya no es posible, no hay axioma tan de asociación libre. La unidad ya no es posible, mis fragmentos también se fragmentan, mis ojos empolvan mis mejillas. Si me desintegro un poco más podré llamarme de otra forma, cambiar mis identidades móviles, caras en páginas, anuarios de extranjería certificada. Prefiero tu sexo impuesto por la circunstancia del abandono propio. Qué superlativo aplicarás a mi cuerpo en extremo fragmentado, a mis ojos desusados que no quieren verte en tantas noches. Qué palabras intentarás disfrazar para endulzar la píldora que tendré que tomarme mañana. Explicar cuándo. Si lloro ya no seré otro. Todas mis posibilidades volverán a mí y perderé los últimos bastiones. Ya no seré, ya no podré creer en sueños o ebriedad. Escribir nunca fue fácil. Si me detengo los abismos se abren mediocres infinitesimales. Si me muriera a tu lado qué opinaría el que pasea los perros en el barrio. Tendría más incidencia que la ausencia de un apodo cariñoso, quizás el de una abuela recientemente fallecida. 

Guardo los eufemismos para la vida diaria. Esa es una parte pequeña de mis muchas vidas. Me quebré unas ene veces. Si vuelvo a mirar sobre mis pasos veré los fragmentos que ya nadie podría adjudicarme, que con esfuerzos como opera prima yo mismo reconocería, fama, esperanza mediante. 

Quien llegó al final de un solo paso, quien es tan idiota que carreras tan cortas, inútiles de correr, recorrer, emprender, concebir, predecir, ensoñar, reprimir, dirimir, huir. 

Hacía tiempo que no podía escribir, dejar que este fragmento compulsivo se manifestara. 

*  *  * 

Creo que nuestra relación tuvo algo de sofisticado. No tuvo la pasión de un romance francés o de una escapada americana. Yo no fui muy buen poeta, ni amante. Creo que toda esa alcurnia recayó en ti, no me desentiendo, sin mí no hubiera llevado ese nombre, pasado de un rato entretenido entre dos personas que no entienden un mapa o el menú de un restaurant que no pueden pagar. 

Nunca -porqué una palabra pesa así- entendí cuándo te fuiste. Las razones están en todos lados, que las escribieras fue deferencia innecesaria. El cuándo, se me escapa. ¿Qué quiero decir? Me gusta volver a tu pinta de francesita, boina cada tanto, las sonrisas entre pasteries insólitamente a tiempo. Si escribo sobre ti y contamino el recuerdo y sos varias veces otra, como si manosearan tu cuerpo y fuera un pasamanos de mujeres que se envolvieran en tu piel con forma de tinta. De repente también sos un fragmento, una parte de una equivocación, no tú, sino el desmembrar, y quiero fijarte de nuevo, recuperar tu contorno que le prestaste a otras cada vez que las conocí y te añoraba. 

Pocos piropos pueden ser tan ofensivos.

10.2.12

Tiritaron los huesos a la primera campanada. A la segunda todo su esqueleto se contrajo y a la tercera su piel se encogió desapareciendo todo pliegue posible. Entre la cuarta y la quinta su pelo y sus uñas se desprendieron como si ya no tuvieran fuerzas para sostenerse. A medida que el sonido se acumulaba y la sexta se desencadenaba sus ojos perdieron el color y quedaron todos de ciegos, glaucos. Las siguientes matizaron el final de su rostro como era conocido, las cuencas de los ojos se cerraron, y entre los dientes que caían desmenuzados la mandíbula crecía como un bulto hacia adentro. La nariz iba hundiéndose casi como simple efecto de una renovada gravedad. A las doce no era más que un gran ovalo de piel sin arrugas que se balanceaba con suavidad sobre la mesa.  Había nacido.