1.5.15

Hoy Vallejo, 
Trilce de la mano,
como si fuera Vallejo a solucionar 
lo que Vallejo no causó.
Lo encuentro salpicado de poesía
y querría algo menos oscuro 
y menos mío
para llevarme el alma.

26.4.15

Ensangres

¿De qué está hecho un valiente? ¿Cuál es la composición exacta del sumo terreno de la hombría? ¿Cuantas veces debe latigarse la voluntad del miedo (la única real) para lograr el punto exacto, bullicio, de ser héroe? Héroe, como mudanza espartana, descalza, llena de medallas que más pesan y menos alimentan a medida se acumulan. Abruman la piel estrellada de metralla desatada por manos similares, al otro lado de un continente se asemejan mojadas en lágrimas, una bala desavala toda supersticiosa alabanza, también a él llegan las rotosas telas de mortajas para indigentes. Embocó su grito en un cañon amigo, permiso, me muero, dijo, y lo gritó en la soledad de un piso lleno repentino de él. Fabularia cualidad de sangre y sesos, de todo tornarlo forénsica prueba, delito peritable, perímetro delineado. Llegan las togas, ordenan pira, y posmortem digna, a la carroña de victorias, al hombre que supo ser valiente hasta matarse. En otra tierra árida entregarían bandera a viuda secuestrada de la distancia y la amnesia, un recuerdo pulcro que colgar en su frente, en el asta del otro marido patriota por no luchar, por no morir, por mandar su sangre en sangre de otros a cobrar. Entonces que se mate ahí suena a justicia. A muerte reparadora, a privación de cómodas formas, utensillos desvalijados a la vida ladrona de ella (la inocencia no queda en stock). Ella que no supo aguantar el deber de ser muerte inminente en espilgrana, y luego metralla, fuego amigo, convoy emboscado y no lo último, quedan frenos que no funcionan, alas que se desenzamblan en aterrizajes forzados por leyes materiales, una bala, fuselaje. Ella prefirió lo sólido de los puentes que tiende su nuevo él, su él de las cosas que se llevan los hombres de overall gobernante para confirmar que la muerte fue incomodidad, furtiva venganza, a ellos, ella, él.

19.3.15

Habría que hacer un pozo

Habría que hacer un pozo en el techo,
destetar la vaca antes que el ternero,
sentarse alrededor del fogón, quemar
tela y estambre, niños y viejas encendidos
pueblan los recodos de la mirada.

De manos gitanas
tirita cartas
porvenir.

Habría que hacer un pozo en el techo,
desenterrar la luna,
entre lombrices parece incómoda,
los bastos amargos de no tenerse más.

Cerrar la puerta, escoba y todo,
para que las visitas exquisitas
se queden a ser el té.

7.1.15

NO tengo ganas de empezar de cero. Sabiendo el recorrido y la meta el camino se hace predecible y aburrido. Así me quedo en este lugar. Dejo que me empape ese polvo de nubes picado, y pienso. Pienso en los tantos ayeres, como siempre, en los síntomas de cordura, y por tanto busco un rincón quieto en este mundo que gira.

Sollozan mis lágrimas perdidas en el rostro de esta muchacha que abrazo en la calle. Me aferro a ella porque la vida se me demora en las ideas lúcidas del mundo. Como viejito impotente y dependiente me agarro a su brazo para cruzar la calle o la vida. Soy marino, pero temo al agua que rodea la tierra. Temo al sol, a las olas, al mar. Temo a mis ojos que tristes se ven pasar en espejos de lata. Me temo en todo, me soy en poco agradable. Mi fealdad es dura y cruel, como el dolor de esta herida perenne que se queda en mí como las ideas desfilan en jueves de ceniza. 

Los barrenderos limpian las calles mugrientas luego de las ferias vecinales. Es domingo santo, y el santo sale a la calle en procesión. Una paloma vuela lejos del puerto y se interna en el atolladero de la ciudad. Otra ave, gaviota esta, se hunde en las aguas como un cormorán, y sale triunfal con el pico coronado por un pez que en destellos se debate preso. La música celestial se funde y confunde con poca paciencia con los ruidos mundanos, el diario grito, desde el aula de ventanas abiertas. El violín rasgado y torturado se juega a poco la vida en las manos nóveles del futuro nobel. Y una chiquilla lo mira con respeto y admira el juego fino de pases y despases de sus dedos ágiles. El arco se tensa y baila... y baila la gente en la calle a la puerta del arco. Un estudiante de lápiz b se sostiene para ver la luna que se refleja en la catedral sombría, mientras una chica contempla sus caras de granito.

Una malabarista de bolas y naranjas juega a ser maga, y se equivoca y se convierte en otra cosa. Y los que pasan la ven, sin ver las paredes sucias de sangre y grafiti. Y adornadas de arte y grafiti. Se escracha una de las naranjas, se cae al piso y se rompe. El relámpago se moja en la lluvia que le gana al día su luz, y las sombras se adueñan de la calle semidesierta. En eso salgo de casa y canto. Un perro se para a olisquearme. Me muerde, grito de dolor. Me suelta. Su dueño se acerca, también me muerde. Vuelvo a gritar. Ella me oye.

29.11.14

Tidal waves

El mar avanza como si ya no entendiera sus límites, un metro de alto, retacón y furioso, rápido como un lince a la caza. La carrera de corto aliento, aliento largo y entrepausado para tomar más aire del que se necesita, del que se puede almacenar en los pulmones llenos de agua adelantándose a los hechos. Pulmones derrotistas, haraganes, necesitados pero odiados porque limitan todo otro esfuerzo, toda otra esperanza. Entonces los pies encuentran el barro de antes y el pasto mal cortado y el frío inexplicable del vidrio sin levantar por semanas y el vidrio sin levantar por años que el agua ya pulió del color de la sal y ya no se transparenta cuando en el pie sigue la carrera saliendo y entrando de la arena y la piel que son uno en el reguero de miedo que los sigue sin querer alcanzarlos, descansando en los varios pozos de la subida que sin respeto espera la ola, sin correrse del camino o mirar  disimulada a otro lado. La ola atropella, la deforma como un golpe, un codo en los riñones y sigue su paso largo que empezó hace medias horas que relojes no saben medir sin fuerzas en el juego de golpearse contra las cosas ahogadas.

La carrera se cansa de su propio paso insensato y se detiene sin haber ganado nada de terreno y perdiendo todo lo ganado en el dolor de comprobar la imposibilidad de apoyar el vacío de vidrio en la arena tibia llena de gritos que suben como el agua no parece rendirse. Un alarido se enrama al agua y sube y baja en la forma sin forma que trepa y trepa y la carrera que se queda en su pie solo mientras las otras carreras siguen desoyendo promesas que se habían hecho solo un rato de días antes. La enramada de gritos se calla y aplaca los colores de lo que se hunde temprano en día de drama. Flota antes el techo mal pago o secuestrado en salvo de préstamo fraternal para los cuerpos con aroma a miel de sol o a arena y salvedad de pravia. Si tuviera asomos de balsa catapultada algún demente surfista saltaría a la tabla más rápida del instante y sin control se daría contra las cosas que la ola colecciona en su manto de mugre, fauna y flora, y el surfista se sabría muerto en la hazaña más grande jamás contada. Pero la ola se lo traga de la arena reseca de la espalda llena de resaca despertándolo con el beso de sus muchos labios acumulados en esas medias horas que nadie cuenta.

Mientras, los gritos se suben y bajan de ruedas atravesadas en el camino que miran el agua y sin ganas se hamacan atrás adelante en el mismo lugar, y son abandonadas a los designios del salitre mientras otros juegos de ruedas sí avanzan pasos enteros antes de darse por vencidas en nervios fuera de la ficción. De las ruedas proceden entonces los gritos de otra forma, en otro tono, como si el aura hubiera terminado y ahora fuera todo el impacto del ataque al cuerpo que no se contiene y se explota en la necesidad de decir que muere sin remedio en todas las edades de la muerte cuando llega, acecha tras cada segundo inerte ya monta la ola que agrava la herida de una bahía. Y en el primer beso la envejece la edad y en el segundo se hace fósil listo a irse y se callan los gritos que ya no suben o bajan y se hunden y quedan en el remanso que se succiona arrepentido de tanta destrucción, limpieza de primavera.